Alguien dijo que el pasado es lo único que de verdad nos pertenece y, olvidarlo es casi no haber vivido. La memoria, siempre caprichosa y selectiva, se encarga de embellecer aquello que vivimos, escogiendo para nosotros lo mejor de lo que ocurrió en realidad.

Este proyecto nació en 1988, diez años antes de publicarse el libro, cuando, por casualidad, llegó a mis manos una magnífica colección de cientos de fotografías antiguas de unas carreras de coches que se organizaron en Lasarte, allá por los años 20, con el objetivo de atraer turistas a San Sebastián y Gipuzkoa, además de propagar por el resto del estado y el extranjero las excelencias de esta pequeña región.

A Lasarte acudieron presidentes de estado, monarcas, realeza, ministros, magnates, nobleza, grandes empresarios y demás gentes de bien vivir. Pero ante todos es obligado destacar al pueblo llano, a las clases media y baja que se vieron deleitadas por esos carreristas en las campas. Así, en julio de 1926, durante la celebración del Gran Premio de Europa, precisamente el primer Gran Premio de Europa organizado en España, se concentraron en la cinta del circuito 100.000 espectadores. Esta cifra se llegó a igualar en 1933, incrementándose hasta 120.000 aficionados un año más tarde y alcanzando en septiembre del ‘35 más de 150.000 espectadores en sus laderas y 20.000 coches aparcados por un recorrido de diecisiete kilómetros, cuando en la provincia apenas llegaban a 6.000 los autos en funcionamiento.

De esta forma, el título de "Circuito de Lasarte, pasiones de verano", parecía justificado. Sin embargo, según me introducía en los diferentes documentos, fotografías, películas e infinitos recortes de prensa, he podido comprobar el entusiasmo de organizadores, espectadores y, cómo no, el mío. De ahí la rectificación del título a "Circuito de Lasarte. Memorias de una pasión".

Estas miles de horas de dedicación han servido para rendir el justo tributo a sus promotores comandados por Manuel Rezola, un presidente que renegó del personalismo y que siempre defendió el interés del colectivo huyendo del interés personal, algo poco presente en cargos de responsabilidad.

En definitiva, me he convertido en mero notario de una gran etapa, tan real que decidí escribirlo en presente con las formas de hablar y escribir de la época, cargado de galicismos, anglicismo y cantidad de expresiones hoy en día en desuso.

Cada país estuvo caracterizado en Lasarte por un color. Así, el plata identificó tanto a los alemanes Mercedes Benz como a los Auto Union. Los ingleses destacaron con los verdes Sunbeam. Y los belgas se distinguían por su amarillo casi canario. Por otro lado, hubo que esperar seis años para ver el rojo intenso de los italianos Alfa Romeo, y siete el de los boloñeses Maserati.

Sin embargo, si hay que identificar el circuito con un color, éste no cabe duda que ha de ser el azul que representó a Francia. Suave, pálido, intenso, de cualquier tonalidad, pero azul. Los azules, azulinos y azulones de Salmson, Delage, Bignan, Georges Irat o Peugeot, marcaron una época en Lasarte.

Pero de todos ellos destaca el azul Bugatti creado por el propio ingeniero Ettore Bugatti. El constructor galo de origen italiano, dominó en Europa durante los años ‘20 y, ¡cómo no!, también en Lasarte con siete victorias. Aunque en la última etapa del circuito, este poderío pasó a manos italianas, para acabar con un dominio aplastante de los alemanes. Lasarte-azul-Bugatti formarán de por vida un conjunto inseparable.

Angel Elberdin